viernes, 19 de junio de 2009

¿A quién votaría Jesucristo?

Desde la distancia -lo que da otra visión- he acompañado las elecciones europeas. 9.000 km son distancia, sí. Y se me ha ocurrido plantearme esta curiosa pregunta.

Jesucristo es, para los cristianos, nuestra referencia, nuestro modelo a imitar, nuestra pauta de comportamiento, nuestra luz para todo discernimiento. La vida del cristiano es hacer su voluntad, dentro de una relación personal de Maestro y discípulo.

Para muchos no cristianos, Jesucristo es un gran personaje, con una incuestionable autoridad moral, incluso la mayor que haya tenido cualquier hombre, por lo que la pregunta del título (como otras semejantes sobre qué haría él en diferentes circunstancias) sigue siendo de gran interés para muchos aunque no se consideren cristianos, y por supuesto, muy particularmente es de interés para los cristianos, para los que me atrevo a decir que es una pregunta imperativa.

Responder a esa pregunta es muy difícil, pero podemos intentar imaginar, con la ayuda del Espíritu Santo, qué hubiese hecho el Maestro si en Judea en su tiempo se hubiesen realizado elecciones entre partidos políticos al modo como hoy ocurre.

Para empezar, no imaginamos al Señor casándose con ningún partido. Él era enteramente libre, y estaba por encima de los partidos. Daba la razón a quien la tenía, al tiempo que denunciaba las tinieblas allá donde se encontrasen. Pero sí imaginamos al Señor teniendo amigos y discípulos cercanos miembros de algunos partidos, sin que esto fuese un "problema" para su seguimiento del Maestro, sino más bien una forma particular de seguirle y servirle. Eso sí, siempre provisional. Es decir, en cualquier momento en que el Maestro les dijese que les encomendaba otra tarea, o les mandase que a partir de ese momento no debían permanecer más en ese partido, sin más dolor, "adiós, partido". Por ello, la pertenencia de esos discípulos a esos partidos nunca les ocuparía más el corazón que su pertenencia al Señor, de forma que continuarían siendo libres, no comprometiendo su adhesión al Señor con componendas al uso en la vida política según el mundo. Continuarían amando al Señor sobre todas las cosas, sobre su propio prestigio personal, sobre su currículo o su carrera y, por supuesto, sobre la seducción del poder.

Imaginamos al Señor votando cuando hubiese elecciones, sí. Siempre fue responsable con sus obligaciones civiles, a pesar de que su reino no era de este mundo. Enseñó que hay que dar al César lo que es del César, al tiempo que a Dios lo que es de Dios. Es más, desde su mismo nacimiento, vemos que su familia va a Belén para cumplir con la responsabilidad civil de participar en un censo. Jesucristo no fue un antisistema o un apátrida, como algunos falsamente lo pintan. Además, la abstención no iba con él. ¡Lo último de lo que se le podría calificar es de pasota! Nunca tuvo miedo a comprometerse y dar el máximo, darlo todo, en cada cosa que hacía.

Por supuesto, no imaginamos a Jesucristo votando al "mal menor" por miedo a otra opción peor. ¡Nunca! Sería un insulto pensar así. Él era enteramente libre y no tenía miedo. En ningún caso haría alianza con el mal, con ninguna clase de mal. Si en el sistema de partidos no encontrase ninguna opción sana, buena, que mereciese su alabanza o aprobación (sí, Jesucristo aprobaba a las personas, como hizo con Natanael, con el centurión romano o con la mujer sirofenicia), me imagino que el Señor tendría una de esas salidas completamente originales y llenas de sabiduría que tocaría el corazón de los hombres. Tal vez iría al colegio electoral y observaría un buen rato (como le gustaba hacer) el comportamiento de las personas, y después haría algún comentario que traería una luz y una enseñanza poderosa a sus discípulos y a su audiencia.

El Maestro nunca tendría reparos en votar a un partido pequeño pero fiel a unos principios sanos. De hecho, la palabra de Dios promete que siempre, en todas las áreas, encontraremos "un resto". A Elías, cuando pensaba que estaba solo, Dios le dijo que se había reservado siete mil que no habían doblado su rodilla ante los ídolos.

Las matemáticas del Maestro son muy diferentes de las de los hombres. Para él, una semilla de mostaza puede tener más valor que un árbol entero, como aquella higuera que maldijo. Lo importante no es la apariencia, la fuerza o el tamaño, sino la naturaleza, el carácter y los frutos. Y, sobre todo, lo importante es recibir su bendición. En otras palabras, ya no tratando de botánica sino de partidos políticos: lo importante es el ideario -los principios-, la honestidad de sus miembros y las obras que ese partido político lleva a cabo. Y lo importante es, sobre todo, agradar a Dios -antes que a los hombres- y contar con su bendición. Esa semilla recibirá su bendición y su favor, esa semilla prosperará.

Si los cristianos hacemos cálculos a la hora de votar, sin contar con los planes de Dios, con sus tiempos y -¡atención!- con su gracia, podemos facilmente caer en el engaño de la urgencia de Satanás, que empuja a tomar decisiones precipitadas y contrarias siempre a la voluntad de Dios. Y además, ¡¡estaremos retrasando los planes del Señor!!

Yo me imagino a Jesucristo llegando por la noche a casa de aquel amigo suyo que era candidato pero que no había sacado muy buenos resultados, y decirle con ternura, infundiéndole aliento: "Ánimo, Rafa (por ejemplo), ¡yo te voté!".

Para el Señor, no todo es igual. Claro que sabe de nuestras limitaciones, engaños parciales y otras deficiencias, pero aun así tiene la costumbre de confiar en los hombres, incluso en algunos que luego le terminan fallando, pero lo que siempre hace es escoger en quién confiar, buscando sacar lo mejor de aquellos que estén abiertos a colaborar con él.

Es una pena que muchos que nos decimos cristianos -incluidos algunos con responsabilidad sobre otros hermanos- en ciertos temas o materias abandonemos el ejemplo y la voluntad de nuestro (¿nuestro?) Maestro y Señor para regirnos por otros criterios. A la hora de votar, por ejemplo, ¿nos hemos preguntado alguna vez a quién quiere el Señor que votemos? Podríamos poner otros ejemplos. Nuestra vida (toda nuestra vida, las veinticuatro horas del día) debe dar gloria a Dios, y para eso debemos buscar y amar su voluntad, en todas las cosas. No podemos reservarnos parcelas no sometidas a su señorío, pues eso equivale a decirle que no le necesitamos, que no le amamos, que nos consideramos más listos y mejores que él...

domingo, 12 de abril de 2009

¡¡¡Cristo vive!!!

“Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9).

He estado junto con mis hermanos de Comunidad en el monasterio Mater Dei de Nampula celebrando la Pascua. Invariablemente, llaman la atención el sabor africano de los batuques, las danzas y los ululares de júbilo, así como la sobriedad y belleza de la procesión del via crucis del viernes santo… pero más allá y más profundo que todo eso, hay un motivo que mueve todo lo demás: el hecho incontrovertible de la muerte y resurrección de Cristo. Lo que está en cuestión no es si Cristo ha resucitado… sino si nosotros hemos muerto y resucitado con él, si nos hemos beneficiado de su obra redentora, si se nota en nuestra vida que él ha derrotado a nuestros enemigos: el pecado, Satanás, el mundo, la carne, que él ha quebrado toda maldición y cadena, obteniendo para nosotros la verdadera libertad y abriéndonos el camino para la comunión con Dios.

Y ésa es la pregunta: ¿se nota? Tenemos de nuestro lado al Espíritu Santo, quien nos acerca el poder de la cruz y lo hace realidad en nuestra vida hoy… sólo necesitamos creer en Cristo, confesarle nuestro Señor, acoger su Palabra y vivirla, buscarle con todas nuestras fuerzas… y la fuerza y salvación de la cruz se manifestarán en nuestra vida. ¡Lo hemos experimentado! ¡Cristo está vivo! Él ha derramado su presencia y su poder entre nosotros, una vez más. Él es el SEÑOR, y todo le está sometido. Voluntariamente, nosotros queremos someterle nuestra pobre vida. A cambio, él comparte con nosotros su riqueza y su vida eterna. “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él!” (Sal 34,8).

domingo, 29 de marzo de 2009

De vuelta a Mozambique

Hoy hace ya una semana que regresé a Nampula. En julio hará once años de mi primera llegada. Fueron cinco años llenos, bendecidos, de crecimiento y de servicio al Reino de Dios, de intensa vida comunitaria y de evangelización. Ahora me encuentro en una nueva etapa en mi vida. En fe, salí de mi tierra. Como Abraham, no sé lo que me espera, pero confío completamente en aquel que me llamó. España parece que queda cada vez un poco más lejos, y ya me voy adaptando a las condiciones materiales de la vida en el tercer mundo, a mi nueva casa, al clima (¡qué calor!), y a la gente de aquí.

Pero en todo esto está el Señor, fue por él que vine, y es a él a quien quiero rendir mi vida cada día. Le amo. Él entró en mi vida hace veintiún años, llenándome como sólo él podía hacer. Ahora es igual. Él sigue siendo el sentido de mi vida. No es África lo que me atrajo, no es otra cultura u otra geografía, es seguir sus huellas, servirle junto a mis hermanos y en ellos, y darle gloria extendiendo su Reino, agradarle, amarle, adorarle… Echando la vista atrás, sin embargo, tengo que lamentar mucho tiempo perdido, muchos esfuerzos estériles, mucha falta de adoración y de escucha de su Palabra. Mis errores y meteduras de pata, los asumo, mi orgullo ya no da para rebelarse más por ese motivo (en caso contrario, tendría mucho trabajo). Mejor rendirse y sonreir por mi torpeza, y hasta alegrarme por mis humillaciones. Lo que me duele es haberle herido con mi pecado. Mas él sigue contando conmigo y no le quiero fallar.

Sé que vienen grandes cosas, cosas mayores todavía que las que hasta ahora he conocido, y que esto es sólo el principio. El final será glorioso, aunque para ello tenga que pasar por la cruz. No hay otro camino, pero en la cruz está el Señor, tomando nuestra miseria, trasformando nuestra vida, restaurando todas las cosas. No soy un pionero, no soy un aventurero, no soy un temerario, ni siquiera un atrevido, tan sólo un discípulo de Cristo, discípulo itinerante, en camino, tratando de escuchar su voz y obedecerle, discípulo enamorado de mi Señor Jesús, un siervo inútil, aunque él me llama amigo.